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No se necesitan humanos

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Una revisión comprensiva de las tendencias en empleo y automatización durante los últimos años, los alcances de la tecnología actual y la contextualización de la cultura actual y su incapacidad de asimilar la realidad del desempleo tecnológico. La pregunta permanece: ¿qué haces en un futuro donde para la mayoría de empleos no se necesitan humanos?

Este video fue realizado originalmente por CGP Grey.

El Fenómeno de los Trabajos Inútiles

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En el año 1930, John Maynard Keynes pronosticó que, llegados a fin de siglo, la tecnología habría avanzado lo suficiente para que países como Gran Bretaña o Estados Unidos pudieran implementar una semana laboral de 15 horas. No faltan motivos para creer que tenía razón, dado que nuestra tecnología actual nos lo permitiría. Y sin embargo, no ha ocurrido. De hecho, la tecnología se ha encauzado, en todo caso, para inventar formas de que todos trabajemos más. Para lograrlo se han creado trabajos que, en efecto, no tienen ningún sentido. Enormes cantidades de personas, especialmente en Europa y Estados Unidos, se pasan la totalidad de su vida laboral realizando tareas que, en el fondo, consideran totalmente innecesarias. Es una situación que provoca una herida moral y espiritual muy profunda. Es una cicatriz que marca nuestra alma colectiva. Pero casi nadie habla de ello.

¿Por qué no se ha materializado nunca la utopía prometida por Keynes –una utopía que se seguía anhelando en los sesenta? La explicación más extendida hoy en día es que no supo predecir el aumento masivo del consumismo. Ante la disyuntiva de menos horas o más juguetes y placeres, hemos elegido colectivamente lo segundo. Nos presentan una fábula muy bonita pero, con sólo reflexionar un momento, veremos que no puede ser cierto. Indudablemente, hemos presenciado la creación de un sinfín de nuevos trabajos e industrias desde los años 20, pero muy pocas de ellas tienen que ver con la producción y distribución de sushi, de iPhones o de calzado deportivo de moda.

Entonces, ¿cuáles son exactamente estos nuevos trabajos? Un informe en el que se compara el desempleo de EE.UU. entre 1910 y el 2000 nos da una imagen muy clara (que, recalco, se ve prácticamente reflejada con exactitud en el Reino Unido). Durante el último siglo, ha disminuido drásticamente la cantidad de trabajadores empleados en el servicio doméstico, la industria y el sector  agrario. Simultáneamente, “los puestos profesionales, directivos, administrativos, en ventas y en el sector de servicios” se han triplicado, creciendo “de una cuarta parte a tres cuartas partes de la totalidad de la fuerza laboral”. Es decir, tal y como estaba previsto, muchos trabajos productivos se han automatizado (aunque se tome en cuenta la totalidad de trabajadores industriales del mundo, incluyendo la gran masa de trabajadores explotados de India y China, estos trabajadores ya no representan un porcentaje de la población mundial tan elevado como antaño).

Pero en vez de permitir una reducción masiva del horario laboral de modo que todo el mundo tenga tiempo libre para centrarse en sus propios proyectos, placeres, visiones e ideas, hemos presenciado una dilatación, no tanto del “sector de servicios” como del sector administrativo. Esto incluye la creación de nuevas industrias, como son los servicios financieros o el telemarketing, y la expansión de sectores como el derecho corporativo, la administración de la enseñanza y de la sanidad, los recursos humanos y las relaciones públicas. Estas cifras ni siquiera reflejan a toda las personas que se dedican a proveer apoyo administrativo, técnico o de seguridad para esas industrias, por no mencionar toda la gama de sectores secundarios (cuidadores de perros, repartidores de pizza nocturnos) que tan solo deben su existencia a que el resto de la población pase tantísimo tiempo trabajando en otros sectores.

Estos trabajos son lo que propongo denominar “curros inútiles”.

Es como si alguien estuviera inventando trabajos sin sentido solo para tenernos a todos ocupados. Y aquí precisamente es donde reside el misterio. Esto es exactamente lo que no debería ocurrir en el capitalismo. Es cierto que en los antiguos e ineficientes estados socialistas como la Unión Soviética, donde el empleo era considerado tanto un derecho como una obligación sagrada, el sistema creaba todos los empleos que hicieran falta (éste es el motivo por el que en las tiendas soviéticas “se necesitaban” tres tenderos para vender un solo filete). Pero claro, se supone que este tipo de problemas se arregla con la competitividad de los mercados. Según la teoría económica dominante, derrochar dinero en puestos de trabajo innecesarios es lo que menos interesa a una compañía con ánimo de lucro. Y aún así, no se sabe muy bien por qué, pero ocurre.

Aunque muchas empresas se dediquen a recortar sus plantillas despiadadamente, estos despidos, y el correspondiente aumento de responsabilidades para los que permanecen, invariablemente recaen sobre quienes se dedican a fabricar, transportar, reparar y mantener las cosas. Debido a una extraña metamorfosis que nadie es capaz de explicar, la cantidad de administrativos asalariados parece seguir en expansión. El resultado, y esto ocurría también con los trabajadores soviéticos, es que cada vez hay más empleados que teóricamente trabajan 40 o 50 horas semanales pero que, en la práctica, solo trabajan esas 15 horas que predijo Keynes porque pasan el resto de su jornada organizando o atendiendo talleres motivacionales, actualizando sus perfiles de Facebook o descargándose temporadas completas de series de televisión.

Evidentemente, la respuesta no es económica sino moral y política. La clase dirigente se ha dado cuenta de que una población productiva, feliz y con abundante tiempo libre representa un peligro mortal (recordemos lo que empezó a pasar la primera vez que hubo siquiera una aproximación a algo así, en los años sesenta). Por otra parte, la noción de que el trabajo es una virtud moral en sí mismo y que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a una disciplina laboral intensa durante la mayor parte de su vida no merece nada, les resulta de lo más conveniente.

En cierta ocasión, al observar el aumento aparentemente ilimitado de las responsabilidades administrativas en las instituciones académicas británicas, me imaginé una posible visión del infierno. El infierno es un grupo de individuos que pasan la mayor parte de su tiempo desempeñando tareas que ni les gustan, ni se les dan especialmente bien. Imaginemos que se contrata a unos ebanistas altamente cualificados y que éstos, de repente, descubren que su trabajo consistirá en pasarse gran parte de la jornada friendo pescado. Es más, se trata de un trabajo innecesario –solo hay una cantidad muy limitada de pescados que freír. Aun así, todos se vuelven tan obsesivamente resentidos ante la sospecha de que algunos de sus compañeros pasan más tiempo tallando madera que cumpliendo con sus responsabilidades como freidores de pescado, que pronto nos encontramos con montañas de pescado mal cocinado desperdigado por todo el taller, y acaban dedicándose a eso exclusivamente.

Creo que es una descripción bastante acertada de la dinámica moral de nuestra propia economía.

Soy consciente de que argumentos como éste se toparán con objeciones inmediatas: “¿Quién eres tú para determinar qué trabajos son ‘necesarios’? ¿Qué es necesario, a todo esto? Eres profesor de antropología, explícame qué necesidad hay de eso.” (De hecho, muchos lectores de prensa-basura valorarían mi trabajo como la definición por excelencia de una inversión social desperdiciada.) Y, en cierto sentido, esto es indudablemente cierto. No hay forma objetiva de medir el valor social.

No me atrevería a decirle a una persona que está convencida de aportar algo importante a la humanidad que, en realidad, está equivocada. Pero, ¿qué pasa con quienes tienen la certeza de que sus trabajos no sirven de nada? Hace poco retomé el contacto con un amigo de la escuela que no veía desde que teníamos 12 años. Me quedé atónito al descubrir que, primero, se había hecho poeta y, más adelante, fue el vocalista de un grupo de rock indie. Incluso había escuchado algunos de sus temas en la radio sin tener ni idea de que el cantante era mi amigo de la infancia. No cabe duda de que era una persona innovadora y genial, y que su trabajo había mejorado y alegrado la vida de muchas personas alrededor del planeta. Pero, tras un par de discos fracasados, perdió su contrato discográfico y, con la presión añadida de numerosas deudas y una hija recién nacida, acabó, tal y como él lo describió, “eligiendo la opción que, por defecto, eligen muchas personas sin rumbo: matricularse en derecho”. Ahora es abogado mercantil para un prestigioso bufete neoyorquino. Mi amigo no titubeó en admitir que su trabajo carecía de valor alguno, que no contribuía nada al mundo y que, según su criterio, ni siquiera tendría que existir.

Llegados aquí, podemos plantearnos una serie de preguntas. La primera sería: ¿qué dice esto de nuestra sociedad, que parece generar una demanda extremadamente reducida de poetas y músicos talentosos, pero una demanda aparentemente infinita de especialistas en derecho empresarial? (Respuesta: si un 1% de la población controla el grueso de las rentas disponibles, el denominado “mercado” reflejará lo que ellos, y nadie más que ellos, perciben como útil o importante). Es más, esto demuestra que la gran mayoría de estos empleados son conscientes de ello en realidad. De hecho, creo que jamás he conocido a un abogado mercantil que no pensara que su trabajo era una sandez. Podríamos decir lo mismo de casi todos los sectores nuevos mencionados anteriormente. Existe toda una clase de profesionales asalariados que, al toparte con ellos en una fiesta y confesarles que te dedicas a algo que podría considerarse interesante (como, por ejemplo, la antropología) evitan hablar de su profesión a toda costa. Pero después de unas cuantas copas, te sueltan toda una diatriba sobre la inutilidad y estupidez de su trabajo.

Aquí contemplamos una profunda violencia psicológica. ¿Cómo vamos a plantearnos una discusión seria sobre la dignidad laboral cuando hay tanta gente que, en el fondo, cree que su trabajo ni siquiera debería existir? Inevitablemente, esto da lugar al resentimiento y a una rabia muy profunda. El peculiar ingenio de esta sociedad reside en el hecho de que nuestros dirigentes han hallado la manera –como en el ejemplo de los freidores de pescado– de que esa rabia se dirija precisamente en contra de quienes desempeñan tareas provechosas. Por ejemplo, parece que existe una regla general que dictamina que, cuanto más claramente beneficioso para los demás es un trabajo, peor se remunera. De nuevo, es muy difícil dar con una evaluación objetiva, pero una forma fácil de hacernos una idea sería preguntando: ¿qué pasaría si todos estos sectores laborales desaparecieran sin más? Se diga lo que se diga de las enfermeras, los basureros o los mecánicos, es evidente que si se esfumaran en una nube de humo, los resultados serían inmediatos y catastróficos. Un mundo sin profesores o trabajadores portuarios no tardaría en encontrarse en apuros, e incluso un mundo sin escritores de ciencia ficción o músicos de Ska sería, sin duda, un mundo peor. No está del todo claro cuánto sufriría la humanidad si todos los inversores de capital privado, grupos de presión parlamentaria, investigadores de relaciones públicas, actuarios, vendedores telefónicos, alguaciles o asesores legales se esfumaran de golpe. (Hay quien sospecha que todo mejoraría notablemente). No obstante, exceptuando algunos ejemplos bastante manidos, como el de los médicos, dicha “regla” se cumple con sorprendente frecuencia.

Aún más perversa es la noción generalizada de que así es como deben ser las cosas. Este es uno de los secretos del éxito del populismo de derecha. Podemos comprobarlo cuando la prensa sensacionalista suscita el recelo contra los trabajadores del metro londinense por paralizar el servicio durante una disputa contractual. El solo hecho de que los trabajadores de metro pueden paralizar todo Londres demuestra la necesidad de la labor que desempeñan, pero es precisamente esto lo que parece incordiar tanto a la gente. En Estados Unidos van aún más lejos; los Republicanos han tenido mucho éxito propagando el resentimiento hacia los profesores o los obreros del sector automovilístico al llamar la atención sobre sus salarios y prestaciones sociales supuestamente excesivos (y no hacia los administradores de las escuelas o los directivos de la industria automovilística, que son quienes causan los problemas, lo cual es significativo). Es como si les estuvieran diciendo “¡Pero si tenéis la suerte de enseñar a niños! ¡O de fabricar coches! ¡Hacéis trabajos de verdad! Y, por si fuera poco, ¡tenéis la desfachatez de reclamar pensiones y atención sanitaria equivalentes a las de la clase media!”.

Si alguien hubiera diseñado un régimen laboral con el fin exclusivo de mantener los privilegios del mundo de las finanzas, difícilmente podría haberlo hecho mejor. Los verdaderos trabajadores productivos sufren una explotación y una precariedad constantes. El resto se reparte entre el estrato aterrorizado y universalmente denigrado de los desempleados y esa otra capa más grande que básicamente recibe un salario a cambio de no hacer nada en puestos diseñados para que se identifiquen con la sensibilidad y la perspectiva de la clase dirigente (directivos, administradores, etc.) –y en particular, de sus avatares financieros– pero que, a la vez, fomentan el creciente resentimiento hacia cualquiera que desempeñe un trabajo de indiscutible valor social. Evidentemente, este sistema no es fruto de un plan intencionado sino que emergió como resultado de casi un siglo de ensayo y error. Pero es la única explicación posible de por qué, a pesar de nuestra capacidad tecnológica, no se ha implantado la jornada laboral de tres o cuatro horas.

Desempleo Tecnológico | Entrevista a Andrés Delgado

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Con una economía que se basa en un crecimiento infinito y en el intercambio de trabajo por dinero, nos aproximamos lentamente a un colapso sistémico, donde tenemos cada vez menos trabajo y más tiempo libre que no podemos intercambiar por dinero. La pregunta del millón es ¿Cómo haremos frente a esto como humanidad durante los próximos años?

Andrés Delgado, activista del Movimiento Zeitgeist, explora las diferentes implicaciones de lo que hoy se conoce como desempleo estructural o tecnológico y las posibles soluciones al mismo.

Más info:

http://jorgeandr3s.wordpress.com
http://desempleotecnologico.com
http://zeitgeistec.com

Trabajadores del Mundo… ¡Relájense!

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Un tratado filosófico contra la práctica del trabajo forzoso de los ingresos.

Nadie debería trabajar. El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.

Una lectura abreviada de “La abolición del trabajo” por Bob Black. Por favor, tómese el tiempo para leerlo completo, el ensayo inédito disponible aquí.

Andrew McAfee:¿Los robots nos quitan el trabajo?

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Los robots y los algoritmos están aprendiendo a construir autos, a escribir artículos, a traducir… trabajos que en su día necesitaban de un humano. ¿En qué trabajaremos entonces los humanos? Andrew McAfee consulta la información laboral reciente y concluye: “Todavía no hemos visto nada”. Pero luego analiza toda la historia y nos relata un futuro intrigante y sorprendente. (Grabado en TEDxBoston).

Una tienda en la pared donde compras con tu teléfono

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Tesco es el tercer distribuidor más grande del mundo medido por ingresos (después de WalMart y Carrefour) y el segundo medido por ganancias únicamente (después de WalMart) Tesco tiene un gran mercado en Corea del Sur (donde se renombró como “Home plus”), sólo superado por E-Mart, principalmente porque no tiene tantas tiendas. Como de costumbre, querían aumentar sus beneficios, el enfoque típico requeriría que construyeran más tiendas con el fin de alcanzar el mismo nivel de distribución de E-mart en el país; pero decidieron optar por una estrategia diferente, una que usa más automatización y menos trabajadores.

Imagina que estás de camino al trabajo en Corea. Debes comprar unas cuantas cosas para la cena, pero no tienes tiempo. Así que tomas el subterráneo y mientras esperas que llegue el próximo tren ves las paredes cubiertas con pantallas que se ven exactamente igual a un supermercado. Simplemente tomas tu teléfono celular, escoges lo que quieres, escaneas el código QR y realizas el pedido. Cuando llegas a casa, encuentras las verduras enviadas en la puerta de tu casa. Muy conveniente ¿o no? Estos son los resultados del experimento que tuvo lugar el año pasado: las ventas en línea entre noviembre de 2010 y enero de 2011 se incrementaron en un 130%, con un número de miembros registrados elevado al 76%. Home plus se había convertido en la tienda virtual numero uno y había elevado las apuestas en el mercado fuera de línea.

Esta tendencia continúa podría desestabilizar la economía, considera a las millones de personas que tienen trabajos que podrían verse afectadas por la misma. Si Walmart pusiera esta tecnología en marcha a nivel sistémico (reposición, compras y suministro automatizado), tendría consecuencias desastrosas, ya que las personas que trabajan allí tendrían muchas dificultades para encontrar otra ocupación. La mayoría de las personas no se dan cuenta de lo grande que Walmart es en realidad. Hoy, Walmart es el mayor minorista de la Tierra. De hecho, es mucho más que eso: las finanzas, la huella y el personal de este monstruo sobrepasa industrias y países enteros. Sus épicos $421 mil millones anuales de ingresos eclipsan el PIB de más de 170 países y sus 2,1 millones de empleados formarían el segundo mayor ejército permanente en el planeta. Los ingresos de Walmart en 2010 fueron mayores que los ingresos de las compañías petroleras más grandes de EE.UU., su mayor fabricante y su mayor compañía farmacéutica. Incluso cuando se combinan, los ingresos de Chevron, General Electric y Pfizer todavía suman menos que los de Walmart. Para poner esto en perspectiva, si Walmart fuera un país, su PIB sería la 25a economía en el mundo (dos veces el tamaño de Irlanda). Si Walmart inicia una estrategia de automatización agresiva, en tan sólo unos pocos años podría correr su negocio con menos de 100.000 empleados. Eso dejaría a 2 millones de personas, en su mayoría trabajadores sin educación ni especialización, sin un puesto de trabajo ¿Dónde estaría esa gente? ¿qué comerían? ¿qué va a pasar con sus familias?

¿Tiendas? Pronto podrían quedar despobladas

“Imagina esto. Caminas por una tienda y tienes un mapa interactivo en tu celular mostrándote dónde están todos los ítems. Puedes buscar ítems, filtrarlos por categorías y obtener información sobre cada uno de los productos; no sólo sobre los elementos nutricionales, sino que puedes rastrear los procesos de producción, a las compañías que están detrás de él y comparar dinámicamente los productos basado en tus criterios de búsqueda. También puedes leer reseñas de otras personas acerca de estos productos, tal como sucede en Amazon.com actualmente. Obtienes todo lo que necesitas, lo pones en una cesta, entonces antes de irte te detienes unos pocos segundos en la salida, que recibe las señales de todos los ítems que te gustaría comprar a través de chips RFID, y entonces puedes irte. Deslizas tu tarjeta de crédito, o incluso pagas sólo mediante la aceptación de la solicitud de pago en tu teléfono celular. Todo el proceso, desde que decides salir de la tienda hasta el momento en que realmente puedes salir, toma menos de 10 segundos. Ningún ser humano estuvo involucrado en esto, ningún ser humano fue necesario. Sin colas, sin esperas, sin gritos ni chillidos, sin gente que se cole en la fila”.

Extracto de Robots Will Steal Your job

El MIT prueba el desempleo tecnológico

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Un artículo de Luka Nieto para Ciudadanos del Mundo

El desempleo tecnológico no es un concepto nuevo ni falto de pruebas, pero ahora sus frutos se ven con más claridad que nunca. Antes de seguir, recordemos de qué se trata: “la creciente automatización acabaría por hacerse cargo del primero, segundo y tercer sector de ocupación. Bien puede sonar utópico, pero si analizamos la curva exponencial de este avance, no hay duda de que lo dicho ocurrirá tarde o temprano: en los últimos cien años, el crecimiento de la producción en los dos primeros sectores ha ido creciendo a la par que la automatización se abría camino, mientras que el desempleo acrecentaba peligrosamente”.

Pues bien, un economista del MIT, una de las universidades dedicadas a la investigación más conocidas del mundo, ha analizado el asunto:

La clase media está desapareciendo y el problema va más allá de la política.
¿Cómo se entenderá el trabajo en la era venidera de la robótica?

El pasado abril, el economista del MIT David Autor publicó un informe centrado en el paisaje cambiante del empleo de los Estados Unidos. Llegó a una conclusión aterradora: nuestra fuerza laboral se está partiendo en dos. La cantidad de trabajos de gran habilidad y altos salarios está creciendo; por ejemplo, abogados, científicos de investigación y managers. También está creciendo la cantidad de trabajos de poca habilidad y bajos salarios; por ejemplo, la preparación de alimentos y los guardias de seguridad. ¿Los trabajos en medio? Están desapareciendo. El autor lo llama “la polarización de las oportunidades de trabajo”.

[…]La erosión de la clase media es un fenómeno mayor que la Gran Recesión. Los trabajos de clase media son cada vez más escasos desde los años 70, y los salarios para los que siguen existiendo se han estancado.

En su informe, David Autor dice que la explicación primordial para la desaparición de la clase media es la “continua automatización y la contratación fuera del país para tareas rutinarias que antes llevaban a cabo trabajadores de moderada educación (entre la escuela secundaria y el grado universitario)”. Explica que las tareas rutinarias son aquellas que “un ordenador ejecutando un programa o un trabajador menos educado en un país en desarrollo pueden desempeñar con éxito”.

En otras palabras, el responsable es la tecnología. La dura realidad que no ves en los telediarios es que la clase media está desapareciendo en su mayor parte porque la tecnología está volviendo obsoletas las habilidades de la clase media.

La gente dice que los Estados Unidos ya no producen nada, pero eso no es cierto. Con la excepción de unas pocas lagunas, la producción de la manufactura lleva aumentando desde los años 80. Lo que es cierto es que los robots industriales trabajan cada vez más en el sector desde que aparecieron en los años 50. […] No es sólo el sector de manufactura. Los centros de llamada automáticos están reemplazando a los agentes de servicio del consumidor. Las cajas automáticas empiezan a reemplazar a los dependientes de los supermercados. […]

Si esta polarización continúa, […] si las habilidades y talentos que se recompensan económicamente son cada vez más difíciles de adquirir, puede que la gente que nunca se había considerado estudiante de Marx empiecen a preguntarse si, dadas las circunstancias, sigue teniendo sentido pagar a la gente basándonos solamente en la demanda de sus habilidades en un mercado que que exigiría muy pocas habilidades.

Si las fuerzas mercantiles y la automatización creciente dejan a la gente común sin oportunidades de trabajo decentes, quizás podamos -o debamos, obligados moralmente- remoldear la oportunidad de hacer un trabajo significativo no como un privilegio, sino como algo que todo el mundo merece.

El autor del artículo tiene razón al decir que esta automatización es “un hecho inquietante” a corto plazo pero que la capacidad de la automatización para liberar a la humanidad de los trabajos repetitivos es también esperanzadora, si ocurren los cambios necesarios. Y no debemos olvidar ni el hecho en sí ni la condición; tened claro que la pregunta que debemos hacernos no tiene nada que ver con la tecnología, sino con la sociedad, la economía y la política:

¿Podremos cambiar nuestras leyes civiles y económicas y nuestra cultura a tiempo?

¿Cuánto tardamos en crear un empleado?

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Toma muchos años enseñar a un niño un idioma, que aprenda a leer, escribir, reconocer cosas e incluso toma más tiempo aprender una destreza técnica sofisticada. Que una persona se convierta en un médico calificado, puede tomar 20 años o más de estudio y trabajo en el campo, antes de que se vuelvan competentes en lo que hacen. Si algún día esa persona muere, o simplemente deja de trabajar, se va de vacaciones permanentes o se retira, tomarán otros 20 años para que la siguiente persona ocupe su lugar. Las computadoras no tienen esas limitaciones. Podrían requerir una gran cantidad de tiempo al principio, pero una vez que se hace algún progreso, se propaga por toda la red. El siguiente equipo no tiene que volver a aprender todo desde cero, sino que simplemente se puede conectar a la red existente y beneficiarse del conocimiento colectivo derivado de otros equipos.

Extracto de Robots Will Steal Your Job, But That’s OK

Jeremy Rifkin habla sobre Desempleo Tecnológico

El desempleo tecnológico es un fenómeno del sistema monetario actual que ocurre cuando existen cambios en las tecnologías que se introducen en las empresas, por lo general maquinaria automatizada, lo que hace que los trabajadores actuales no estén capacitados para cumplir con las labores que las maquinarias realizan y así convertirse en obsoletos porque es imposible ser útiles por no poder acomodarse a la nueva tecnología implementada, con lo cual usualmente son despedidos o sus jornales se ven reducidos junto con su sueldo.
También se llama desempleo tecnológico a aquella situación coyuntural en la que no existen personas desempleadas que cumplan con las condiciones que requiere la utilización de tales tecnologías.
Esta asociado con la necesidad estructural de cualquier empresa de maximizar su ganancia reduciendo su costo al mínimo posible, pero manteniendo un nivel alto de producción. Por lo tanto la automatización de tareas es una forma de producir bienes de manera mas efectiva, rápida, eficiente y conveniente para los empleadores que pueden hacerlo.